“Cm tai? Slds! xD!” (Traducción: “¿Cómo estás?, ¡Saludos!, jaja”). A este dialecto de abreviaturas, apócopes y siglas debe uno acostumbrarse - sobre todo en el circo de internet -, so pena de quedar fuera de onda o, directamente, de no entender un carajo. Aunque no estoy 100% en contra de las alteraciones del lenguaje (también las uso), prefiero practicar y promover el correcto hablar y escribir, porque en esta materia hay peligrosa chance de que la simpleza derive en pobreza, específicamente intelectual.
A menudo, sin embargo, escucho quejas de puristas que tienen al idioma en un altar. Rinden tal pleitesía a la sintaxis y gramática que olvidan 2 propiedades fundamentales de toda lengua: su flexibilidad y capacidad de comunicar. Una lengua tan perfecta que nadie la pronuncie está muerta, como ocurrió con el Latín clásico o el Sánscrito: Relegados a círculos académicos o aristocráticos, pronto quedaron prisioneros en piedra o papel. Por bello que sea, un idioma que nadie hable es una fiesta sin invitados. A mayor abundamiento, en la edición 4º centenario del Quijote, obra cumbre de la lengua castellana, fue incorporado un tratado de filología hispánica que deja en evidencia la precaria ortografía y gramática de Cervantes, lo que no impidió a su obra alcanzar la cumbre. En ese solo sentido podemos admitir que el modo de decir algo es cuestión más bien adjetiva. Además, todo idioma existente ha sufrido modificaciones en su estructura, vocablos y/o pronunciación a lo largo del tiempo, y las seguirán sufriendo.
Ahora bien, no sería problema si todos quienes recortan palabras fuesen Cervantes, o el Dante (escribió su Divina Comedia en dialecto toscano, para llegar al gran público), pero la realidad es muy diferente. Usuarios de fotologs o teléfonos celulares, de vocabulario exiguo, aficionados a muletillas (de una misma palabrota extraen mil acepciones) y defensores de la vulgaridad, que confunden con lenguaje coloquial y oponen al refinamiento por una cuestión antes clasista que discursiva: hablar bien es para ellos asunto de “señoritos”. El complejo de inferioridad convertido en lanza y escudo. Créeme: la literatura y el conocimiento no serían posibles si esta tropa de iletrados fuesen censores editoriales.
Está muy bien hacer expedita la comunicación y prescindir de florituras, pero otra cosa es abrir la puerta a un empobrecimiento mental. Aquellos que tanto desean nivelar hacia abajo (en términos culturales, no sociales) con el habla quieren hacernos creer que lo único importante es transmitir el mensaje, algo que llevado a modales de mesa sería una comida en donde no tenga importancia poner los codos encima, masticar con la boca abierta, sorber haciendo ruido o limpiarse el hocico con el mantel, en tanto sea posible alimentarse. ¡Qué disparate! (Traducción: “¡Q dsprte!”)
"Hay pocos animales más temibles que un hombre comunicativo que no tiene nada que comunicar." (Charles Augustin Sainte-Beuve)
martes 27 de enero de 2009
¿Q m djste?
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miércoles 21 de enero de 2009
Obamarama.
Asumió Obama. Ya escribí sobre el aspecto simbólico de su presidencia, y no me desdigo, pero otra cosa es el aspecto práctico de toda presidencia, especialmente la de EEUU. Alrededor del mundo se han apostado tantas fichas a la administración de este hombre que esa misma hiperventilación prepara el terreno para una decepción de las grandes. No es que yo la desee, por favor, pero cualquiera que posea los más elementales conocimientos sobre historia sabe que si hay algo más escaso que el altruismo en política, son precisamente los milagros. Sin embargo, Barack tiene garantizado un punto: casi nadie en el planeta podría hacerlo peor que su predecesor en el cargo.
En tanto no comience su trabajo en la Casa Blanca, sugiero guardar la corona de laureles, los fuegos artificiales, jingles y ovaciones hasta que tenga sentido - más que poético - desplegarlos.
“En materia de gobierno todo cambio es sospechoso, aunque sea para mejorar.” (Sir Francis Bacon)
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lunes 5 de enero de 2009
Derecho a tus deberes.
Haz la prueba: organiza una marcha por los derechos y verás lo rápido que reúnes una multitud de partidarios. Organiza en cambio una por los deberes y marcharás solo. La gente está muy dispuesta a exigir los primeros, pero no muestra la misma voluntad para asumir los segundos, ignorando la medida en que ambos se retroalimentan y colaboran.
Por culpa tanto de los abusos de poder como de la demagogia populista, el derecho ha quedado escindido del deber. Lo que merecemos simplemente por nuestra condición humana o civil nos parece natural y hasta urgente, mientras que toda obligación ética en retribución por los beneficios que usufructuamos de tal principio nos suena impuesta, enojosa, una estafa. En virtud de este equívoco muchos infringen el contrato simbólico a que nos acogemos como miembros de la sociedad, según postuló Rousseau. Quieren el fruto, pero no desean cultivar la tierra, o en palabras de J. Ortega y Gasset: “tienen sólo apetitos. Creen que tienen sólo derechos y no creen tener obligaciones. Son los hombres sin la nobleza que obliga” (La Rebelión de las Masas, 1937). Veamos ejemplos.
El caso más bullado es el que dice relación con los derechos de un delincuente. Concedo que ante todo son personas con derecho a rehabilitarse. Pero me inquieta que un gobierno demasiado obsequioso (mal llamado humanista) en el ámbito penal termine otorgando privilegios excesivos a quienes violan el deber fundamental de no perjudicar al conjunto de la sociedad. Cito nuevamente a Rousseau: “En un Estado bien gobernado hay pocos castigos, no porque se concedan muchas gracias, sino porque hay pocos criminales”.
Otro ejemplo: tiempo atrás los estudiantes secundarios llamaron a un paro descomunal en protesta por la calidad de la Educación pública. Este eslogan, sumado a la tenaz resistencia de los petisos hizo que mucha gente los tomase en serio, al punto de la admiración. Sin embargo, un número nada despreciable de estos “caudillos” son los primeros en hacer la cimarra bajo el disfraz de lucha, y tal como han confesado varios profesores, sencillamente no puedes ser demasiado riguroso con los niñitos, porque si los calificas mal – o en buenas cuentas, si realmente los educas – se te viene encima una turba de apoderados para proteger a sus terneros.
Otro más: en víspera de Navidad, un grupo de comerciantes ambulantes santiaguino armó la batahola porque la fuerza policial quería arrancarlos de cuajo de un sector muy concurrido y rentable. Naturalmente, el espectador se alinea con el débil, pero luego observa que los comerciantes establecidos (aquellos que deben pagar toda clase de impuestos) no gozan del mismo derecho que tan arbitrariamente desean adjudicarse sus pares ambulantes, quienes por cierto les arrebatan clientela.
2 preguntas: ¿Qué o cuánto hacemos para ganarnos los derechos que tanto exigimos? ¿Estamos siendo consecuentes? Si la gente pensara un poco en esto tal vez habría menos marchas, aunque moralmente más legítimas.
“El río Ganges de los derechos nace en el Himalaya de los deberes”. (Gandhi)
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