Si lees lo siguiente en plan superficial me tomarás por pájaro de mal agüero y tal vez ni siquiera llegues al final del texto. Pero antes de ofuscarte, recuerda las palabras de O. Fallaci: “médico compasivo no cura enfermedades” y, sobre todo, el hecho de que la moraleja apunta y dispara tanto a quienes leen como a quien escribe, o sea yo. Ninguno estamos libres.
Antes que sea medianoche y el calendario se anote un nuevo dígito, piensa en los que perdieron la vida en 2008. No te hablo de ancianos o enfermos, o no principalmente, sino de jóvenes saludables, llenos de energía, que por obra o absurdo del destino no llegarán a descorchar la botella de champaña para festejar un hecho simple, pero el más digno de celebración: estar vivo. No tendrán la suerte de contemplar un rayo de Sol mañana, ni pasado. Con toda seguridad se sentían invencibles, afortunados y rebosantes de sueños, hasta el fatídico día en que les tocó cumplir una sentencia muchas veces injusta, pero no por ello menos implacable.
¿Cuál es mi punto? ¿Sencillamente aguar la fiesta? No. Más bien sugiero escuchar a esas voces silenciosas, fantasmales. No olvidarlas. Son un recordatorio intangible, pero muy contundente, de que la vida y el momento son intrínsecamente frágiles, perecederos. ¿Lo sabemos? O mejor dicho, ¿Lo sabemos realmente?
Dime la firme: ¿Qué harías si supieras que 2009 será tu último año en la Tierra? ¿Has vivido lo bastante? Y no me refiero a cumplir años, sino a aprovecharlos. ¿Fuiste lo que auténticamente deseabas ser?, ¿Te tomaste la molestia de conocer lo que ignoras?, ¿Diste lo mejor tuyo antes de abandonar el boliche?, ¿Amaste?, ¿Gozaste?, ¿Dijiste todo lo que tenías que decir?, ¿Hiciste aquello que tanto postergaste mientras creías – con toda arrogancia - que llegarías a los ochenta o noventa?, ¿Te permitiste fracasar, perdonarte, aceptarte tal cual eres?, ¿Te atreviste?, ¿Fuiste feliz, pero sin chistar?
No quiero que mueras, en absoluto. Quiero que vivas, pero de verdad. Te deseo un feliz 2009 y espero conserves en tu mente aquel poema de Bukowski:
“Roll the dice” (Lanza los dados)
“Si piensas intentarlo,
Ve hasta el final.
No hay nada que pueda compararse a eso.
Estarás a solas con los dioses
Y de noche refulgirá el fuego.
Hazlo, hazlo, hazlo,
Hazlo.
Hasta el final.
Hasta el final.
La vida te llevará hasta la risa perfecta,
Es la única lucha que vale la pena.”
"Vosotros, los europeos, tenéis los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo". (Proverbio africano)
miércoles 31 de diciembre de 2008
Chau 2008.
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domingo 21 de diciembre de 2008
100 posts y una canción de Navidad.
Con este cumplo – o el bicho cumple – 100 posts. Me tardé porque quería pensar un tema apropiado a la ocasión y en esa ilusa búsqueda de lo perfecto caí enfermo. Cuando finalmente junté ánimo para publicar, tenía la Navidad encima. El tema llegó por sí solo.
Voy a obsequiarles dos imágenes, sencillamente por una cuestión de generosidad. Las llevo buen rato clavadas entre pecho y espalda y hoy tuvieron ganas de salir, como si el calendario hiciera las veces de purgante. No las enseño con fines moralizantes, sino porque a mí me conmueven y con que un solo espíritu aparte del mío vibre en la misma frecuencia, me siento más que pagado, aunque tampoco es que cuente con eso para ser feliz. Las estrellas iluminan y derrotan la oscuridad absurda del Universo vacío aunque entre ellas existan millones de años luz de distancia. Su mérito consiste tanto en dar luz como en no proponerse hacerlo todas al unísono. Pero el hecho es que lo hacen. Benditas sean por ello.
Primera imagen: Es el noticiero. Hay un mendigo de los que viven bajo el puente. Cuarenta y tantos de edad, pero se ve más viejo, por la miseria que lleva a cuestas y adentro. Cara sucia, barba de semanas. Le extienden un micrófono y el hombre dice, con seguridad pasmosa, algo parecido a esto: “Cristo fue pobre y despreciado. Nació en un pesebre humilde y andaba descalzo…” Me quedé pensando. Si existe Cristo, no está donde lo han buscado todo este tiempo, y desde luego brilla por su ausencia en las cenas navideñas. El protagonista de toda la película sencillamente no figura en el guión.
Segunda imagen: Es una escena de este documental sobre Spencer Tunick fotografiando a multitudes desnudas en lugares públicos. La cámara se enfoca en el testimonio de una mujer de rasgos amerindios que hace un tiempo adquirió el VIH por transfusión sanguínea. Nunca antes quiso exponer su anatomía y estado al escrutinio ajeno por temor a ser discriminada. Al cabo se decide y consigue posar para la cámara con todos los demás. Termina la sesión y ella se aleja caminando. A su lado, una muchacha que también ha posado le comenta que padece ataques de pánico (agorafobia) y por primera vez se ha armado de valor para enfrentarlo, gracias a la propuesta de Tunick. Finalmente, ambas desconocidas figuran llorando de emoción y trenzadas en un abrazo silencioso, solidarias en el dolor. Dos flores marchitas plantadas en un campo de piedra, que abrazadas recobraban un poco de vida.
Feliz Navidad a todos.
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lunes 8 de diciembre de 2008
La unión hace al idiota.
Cualquiera que haya leído un compendio de las leyes de Murphy recordará el punzante capítulo sobre Burocracia, jerarqueología y comiteología. En este se propina una golpiza a la célula fundamental de toda burocracia: los comités: Grupos de funcionarios supuestamente encargados de tomar decisiones, pero en la práctica ocupados – o mejor dicho, desocupados – en postergar, titubear y trabarse en formalismos de lo más obtuso.
Por carácter y naturaleza soy renuente al trabajo en grupo, algo bien distinto al trabajo en equipo. En el primer caso, siempre se puede prescindir de algún miembro (o de la mayoría de ellos) para llevar a cabo una tarea. 4 zoquetes empujan un vehículo y consiguen moverlo, pero 3 también pueden hacerlo. El trabajo en equipo es distinto: existen labores diferenciadas que se integran para lograr un objetivo. En esta modalidad la exclusión de un miembro no solo afecta, sino que determina el resultado.
Desde mi punto de vista, la burocracia es un monstruo acéfalo que debe su existencia a dos factores: a) incorporación y promoción de personal incompetente y b) Ausencia de individuos con poder de decisión, capacidad intelectual o carácter para garantizar que un plan se ejecute. Sumados, estos fastidios dan lugar a comités altamente ineficientes para actuar, pero muy útiles para salvar las apariencias, fingir que la máquina funciona. Por medio de agruparse dan por sentado que la mezcla bruta de clavos, madera y cemento formará una casa.
Borja García Huidobro, Premio Nacional de Arquitectura, advirtió esta conducta enfermiza de los grupos de trabajo al señalar que todos los miembros coinciden en que “hay que” hacer tal o cual operación o actividad, pero nadie asume la suya específica. Muy pronto la pandilla de burros comienza a mirarse las caras sin idea del siguiente paso. En eso uno de ellos se levanta de la mesa y todos lo siguen, cuando el infeliz solamente pensaba ir al baño a orinar. Dudo que alguien pueda caracterizar de mejor forma la personalidad de un comité.
En mi experiencia he notado que hay insectos que gustan de someter todo a debate, a mesa redonda. Otros, en cambio, eluden o ignoran la toma de decisiones y se complacen recibiendo instrucciones. Todos estos individuos han nacido para formar comités, pues ven en la reunión un fin en sí mismo, no un medio o etapa previa para alcanzar una meta o al menos ponerla en marcha. Su escaso aporte se limita a asentir con la cabeza o tomar notas incluso de la trayectoria de una mosca que revolotea. Llegan a la reunión en plan indiferente, y parecen desear que todo acabe pronto. No saben en qué medida su silencio y apatía les está labrando un destino de lastres. Mañana serán los gobernados, los reprendidos, los prescindibles ¡Y bien merecido que lo tienen!
¿Quién necesita representantes? ¿Quién necesita agruparse para sentirse seguro, útil y presente? En suma: ¿Quién necesita un pastor? Mi respuesta: las ovejas.
“Un comité lo constituyen doce hombres haciendo el trabajo de uno.” (Comentario de Kennedy sobre los comités, en las leyes de Murphy)
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